viernes, 3 de abril de 2015
76 días en tierra firme
He hablado exclusivamente sobre la vida en el mar, en mi otro blog; sin embargo hoy he recordado cosas que suceden en la tierra firme, durante esas pausas de mar que hacemos cada largo tiempo, y que no caben dentro del contexto de la vida marina. Por eso decidí abrir este espacio alternativo, antes de que sucumba a la leyenda del Holandés Errante y me termine convirtiendo en parte del barco, y olvidando lo que sucede en el contexto de la tierrra firme, donde aunque me he olvidado y la aborrezco, también hay una vida.
76 días en la tierra. Extraño del océano, cada una de las actividades que realizo, cada día en dónde la inmensidad de mares límpidos o embravecidos me rodean por completo. He dedicado cada uno de esos 76 días a realizar en concreto nada productivo, (a menos que alguien considere los caracteres, representados en pixeles de este blog, algo productivo) y la contemplación de la realidad y el entretejido de los pensamientos y conclusiones de cada día, se me antojan completamente suficientes.
76 días y con cada uno de ellos, recuerdo y reafirmo, cuánto aborrezco este mundo que decidí abandonar hace ya un año completo. ¿Por qué lo aborrezco?, porque nunca he podido con la simplicidad, la mediocridad y el conformismo que abundan en la tierra firme y que se sustenta en estupideces mal inventadas, como los libros de autoayuda, la religión y los valores de una sociedad hipócrita.
Hoy por ejemplo, alguien decidió que era oportuno enviarme un video donde me recordaba el por qué era necesario obedecer el cuarto de los mandamientos, el cuál nos pide que debemos honrar a nuestros padres. Acepto que dentro de todo mi engranaje, nunca he sido ni soy candidata, al título de la hija modelo, que nunca he hecho méritos suficientes, para que me pongan en el púlpito a predicar cómo se es y se comporta un buen hijo y tampoco he llenado los requisitos, para que mis padres erijan en mi honor un monumento. Pero me pregunto yo en medio de todo ¿Ha sido esa persona un padre de fábula, que tiene el suficiente derecho a pararse en una línea en dónde me manda a mi los lineamientos de un comportamiento digno?, ¿Ha pasado libre de errores esa persona, respecto de su tarea paternal? y finalmente y la pregunta que más redunda en mi mente ¿a cuenta de qué y con qué derecho me enseña a través de algo a través de un producto visual que ni siquiera es suyo? Admito que por mi formación, muy cercana a las artes audiovisuales y escritas, un producto, debe cumplir con muchos requisitos de calidad para que llegue a impresionarme, y por sobre todo, un producto con contenido religioso, se me antoja como una de las cosas más desesperantes que puedan existir, cuando a la hora de cambiar conciencias, se utilizan.
Pero la conclusión más importante respecto a esta situación y a esta persona, es que definitivamente, el mundo, superados los tres metros de arena que separan al océano de la tierra firme, mantiene sin variaciones toda la hipocresía y mediocridad de la que escogí alejarme, aunque sin saberlo, cuando abordé mi primer buque; que quienes han crecido enceguecidos por una religión (cualquiera que sea), siempre tendrán esa actitud sobrada, que los hace creer que tienen el derecho y encima de todo la obligación de ir por el mundo generando conciencia y dictando a los demás reflexiones estúpidas sobre cómo proceder en la vida, cuando ellos mismos no han sabido qué hacer con la suya y viven en algo que es poco menos que un desastre.
Conmigo ahórrense la cháchara barata sobre el evangelio y guarden los libros de autosuperación, porque nunca me han seducido Coelho ni Walter Riso, no tengan la audacia de pararse a decirme lo que debo hacer, principalmente cuando sus vidas son el último ejemplo en el que quisiera proyectarme a futuro. Recuerden que ante todo, vivo 8 meses de mi vida en una enorme casa de acero, donde ciertas cosas son del límite personal y por ningún motivo pueden imponerse razones ni reflexiones que no vengan al caso.
76 días, en dónde en cada uno de ellos, he necesitado el mar, la vida sobre él, en dónde extraño la libertad que da el viento, la sensación de autenticidad que te puedes permitir, cuando el qué dirán deja de ser un problema, y donde he extrañado también ciertos momentos, en los que tal vez no fui una buena hija, ni un modelo a seguir, ni un prospecto ejemplificante de ser humano, pero momentos en los que ante todo fui yo misma...
Cuando aquel reloj digital, marcaba las 00:00.
Imagen: Edvard Munch: El grito.
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