viernes, 12 de febrero de 2016

Lo importante de ser coherente



Tuve la fortuna de tener una buena madre. Una de esas que tuvo todo el tiempo para dedicarme y en esas aprovechó para educarme en serio. Y no saquen conclusiones apresuradas, mi madre no fue en medida alguna, ese tipo de señora chévere que es tan común hoy en día y que deja que sus hijos coman lo que quieran, a la hora que quieran y hagan literalmente lo que les venga en gana. Mi madre, es una de esas señoras intachables, de las que nunca se ha escuchado comentario alguno; es de esas que viven por y para su familia y que dedican 24 horas y siete días a estar pendientes de su casa, su esposo y sus responsabilidades; mi madre tiene el inigualable talento de mantener una casa de dimensiones importantes totalmente pulcra e impecable (cosa que es francamente admirable, porque yo a los 26 años, sigo dando batalla, cuando de mantener ordenada, mi cabina de tripulante de 1X2 en el barco, se trata). Mi madre sabe qué decir en el momento oportuno, tiene un humor incorregible, y por sobretodo, mi madre es una persona que no se anda con cuentos, y que llama al pan, pan y al vino, vino sin sonrojarse y delante de quien le toque.

Mi madre, a pesar de ser tradicionalista, me enseñó también cosas importantes, que como mujer en la sociedad moderna, me han servido para salir bien librada de muchas situaciones. Me enseñó por ejemplo, a que jamás, jamás en la vida, se debe depender de un hombre, a que una mujer autónoma, puede ir a donde quiera y hacer lo que quiera, porque no tiene nadie a quien rendirle cuentas y su estilo de vida depende única y exclusivamente de ella misma. Me enseñó a que de amor nadie se muere y me enseñó que ese sentimiento, es algo que si de verdad existe, no tiene que ser demostrado, ni comprobado ante nadie, que no sea parte del idilio en cuestión; pero lo más importante de todo, Mi madre me enseñó a ser una persona coherente.

Coherencia es esa habilidad que tenemos algunas personas de actuar en corcondancia con lo que pensamos, decimos y hacemos. Una cosa lleva a la otra sin duda, pero no es tan fácil en la práctica, porque a la mayoría de la gente, le gusta aparentar lo que no es y crear imágenes idílicas sobre relaciones perfectas, familias perfectas y vidas perfectas, que en el fondo de la realidad, constituyen un perfecto, pero desastre; pero eso sí lo importante es que todos en las redes sociales se convenzan, de que viven en un mundillo de cuento de hadas y que han sido bendecidos con una vida, que en el mejor de los casos es una mentira.

Pero volvamos al tema de las tradiciones; en mi caso, tiendo a ser muy poco tradicionalista, porque gracias también a la educación de mi madre, mi vida ideal no es la de una mujer madre de familia, tampoco sueño con boda principesca, miles de invitados, valses, pajecitos y toda esa parafernalia que tanto gusta a la gente a la hora de casarse y que dicho sea de paso, cuesta una fortuna. Si me invitan a las bodas, voy, bailo, la paso bien y hasta ahí, pero créanme, no suspiro de envidia por la novia. 

Opino sin embargo que en las tradiciones, debe haber un importante margen de coherencia; si para muchas puede ser muy lindo vestir de blanco, casarse en iglesia, tener corte de honor, arreglos florales, anillos en oro de 24k  y demás, también deberían tener en cuenta que todas esas tradiciones que tanto les quitan el sueño, tienen un orígen y una razón de ser y no tomarse tan a la ligera todo ese asunto de aparentar la felicidad, porque en esos afanes se puede fácilmente caer en el ridículo.

El problema de la coherencia, frente a las tradiciones, es que en una sociedad moderna y libre de ciertos tabúes, las tradiciones pierden la batalla. ¿por qué?, fácil, porque soñar con casarse a la antigua es bastante romántico, pero en la vida real las hormonas ya han dado por descontado muchas cosas. Un hijo fuera del matrimonio, por ejemplo, es un asunto bastante normal y al que hoy en día no se le pone demasiada tiza, porque estos ya no son los tiempos de antes, donde tener un hijo sin haber recibido la bendición respectiva de un sacerdote, era un escándalo social y un deshonor para la familia de la susodicha. Cosa que en lo personal celebro, porque no pienso que para tener un hijo se deba contar con el beneplácito de tanta gente, como primero y como segundo, porque para muchas personas un hijo constituye una gran bendición y que una sociedad entera señale a alguien, porque simplemente no se ha ajustado a ciertos clichés para complacer el bendito 'que dirán', me parece la cosa más ruín que como grupo podemos hacer.

Sin embargo, si ustedes han sido madres solteras o han tenido un hijo con su pareja, sin la respectiva bendición del cura, pero quieren hacer las cosas por la derecha, complacer lo tradicionalistas que pueden ser sus parientes o simplemente cumplir el capricho de casarse, porque desde niñas lo tuvieron como un sueño a ser cumplido, lo único que les sugiero es que a la hora de ponerse en esa tarea, sean por favor coherentes con lo que hacen. Yo entiendo que su familia entera probablemente celebrará con bombos la decisión de que su unión sea por fin bendecida dentro de los cánones de un catolicismo clásico y todo eso, pero algo sí le digo, cuando todo este cuento de los matrimonios comenzó, el hecho de que una mujer llegara al altar, vestida de blanco, significaba que lo hacía con su pureza intacta, con su virginidad inalterada y el asunto en cuestión se comprobaba sobre sábanas de un blanco tan impoluto como el vestido de la novia.

Entonces por favor, si quieren ser tradicionalistas, ante todo sean coherentes. Es hilarante asistir a una boda, donde los novios llevan cualquier cantidad de tiempo conviviendo como marido y mujer, pero ella tiene la osadía de vestir un blanco níveo, como si fuera una casta doncella recién salida de su casa paterna; peor aún, cuando se les ocurre que además del vestido blanco, sus propios hijos, producto de la convivencia no bendecida, sean los pajecitos del romántico evento. Yo soy de las que, en lo personal, me importa un carajo si sus hijos son concebidos dentro de un matrimonio o no, ustedes son grandes y libres de hacer lo que les venga en gana; pero haciendo alarde de esa misma libertad, les pido que por favor no sean hipócritas, que si han de vivir a su manera, vivan, pero no pretendan, no quieran crear un cuento de príncipes y princesas que no existe y que sólo los hará quedar como unos redomados ridículos, al vivir y realizar ceremonias que en busca de lo tradicional, les quedan raras, porque ustedes de tradicionales no tienen nada. Y al final, si usted es feliz y ama realmente a alguien, no se case ni gaste millones en eventos que en últimas harán feliz a otros y también les darán mucho de qué hablar sobre ustedes, y no precisamente para bien. Si usted eligió su vida, no elija sus decisiones posteriores en lo que su familia piense o le insinúe; tenga la suficiente madurez para vivir a su manera, como usted se sienta feliz y ante todo, con coherencia, porque entre más coherente sea, más feliz va a ser usted, y más felices serán quieres lo rodean. Y además y se lo dejo para que lo piense, existen miles y miles de colores, diferentes al blanco.

Imagen tomada de: http://blogs.gestion.pe/divinaejecutiva/2014/08/la-importancia-de-la-coherencia-en-nuestra-marca-personal.html

viernes, 3 de abril de 2015

76 días en tierra firme



He hablado exclusivamente sobre la vida en el mar, en mi otro blog; sin embargo hoy he recordado cosas que suceden en la tierra firme, durante esas pausas de mar que hacemos cada largo tiempo, y que no caben dentro del contexto de la vida marina. Por eso decidí abrir este espacio alternativo, antes de que sucumba a la leyenda del Holandés Errante y me termine convirtiendo en parte del barco, y olvidando lo que sucede en el contexto de la tierrra firme, donde aunque me he olvidado y la aborrezco, también hay una vida.

76 días en la tierra. Extraño del océano, cada una de las actividades que realizo, cada día en dónde la inmensidad de mares límpidos o embravecidos me rodean por completo. He dedicado cada uno de esos 76 días a realizar en concreto nada productivo, (a menos que alguien considere los caracteres, representados en pixeles de este blog, algo productivo) y la contemplación de la realidad y el entretejido de los pensamientos y conclusiones de cada día, se me antojan completamente suficientes.

76 días y con cada uno de ellos, recuerdo y reafirmo, cuánto aborrezco este mundo que decidí abandonar hace ya un año completo. ¿Por qué lo aborrezco?, porque nunca he podido con la simplicidad, la mediocridad y el conformismo que abundan en la tierra firme y que se sustenta en estupideces mal inventadas, como los libros de autoayuda, la religión y los valores de una sociedad hipócrita.

Hoy por ejemplo, alguien decidió que era oportuno enviarme un video donde me recordaba el por qué era necesario obedecer el cuarto de los mandamientos, el cuál nos pide que debemos honrar a nuestros padres. Acepto que dentro de todo mi engranaje, nunca he sido ni soy candidata, al título de la hija modelo, que nunca he hecho méritos suficientes, para que me pongan en el púlpito a predicar cómo se es y se comporta un buen hijo y tampoco he llenado los requisitos, para que mis padres erijan en mi honor un monumento. Pero me pregunto yo en medio de todo ¿Ha sido esa persona un padre de fábula, que tiene el suficiente derecho a pararse en una línea en dónde me manda a mi los lineamientos de un comportamiento digno?, ¿Ha pasado libre de errores esa persona, respecto de su tarea paternal? y finalmente y la pregunta que más redunda en mi mente ¿a cuenta de qué y con qué derecho me enseña a través de algo a través de un producto visual que ni siquiera es suyo? Admito que por mi formación, muy cercana a las artes audiovisuales y escritas, un producto, debe cumplir con muchos requisitos de calidad para que llegue a impresionarme, y por sobre todo, un producto con contenido religioso, se me antoja como una de las cosas más desesperantes que puedan existir, cuando a la hora de cambiar conciencias, se utilizan.

Pero la conclusión más importante respecto a esta situación y a esta persona, es que definitivamente, el mundo, superados los tres metros de arena que separan al océano de la tierra firme, mantiene sin variaciones toda la hipocresía y mediocridad de la que escogí alejarme, aunque sin saberlo, cuando abordé mi primer buque; que quienes han crecido enceguecidos por una religión (cualquiera que sea), siempre tendrán esa actitud sobrada, que los hace creer que tienen el derecho y encima de todo la obligación de ir por el mundo generando conciencia y dictando a los demás reflexiones estúpidas sobre cómo proceder en la vida, cuando ellos mismos no han sabido qué hacer con la suya y viven en algo que es poco menos que un desastre.

Conmigo ahórrense la cháchara barata sobre el evangelio y guarden los libros de autosuperación, porque nunca me han seducido Coelho ni Walter Riso, no tengan la audacia de pararse a decirme lo que debo hacer, principalmente cuando sus vidas son el último ejemplo en el que quisiera proyectarme a futuro. Recuerden que ante todo, vivo 8 meses de mi vida en una enorme casa de acero, donde ciertas cosas son del límite personal y por ningún motivo pueden imponerse razones ni reflexiones que no vengan al caso.

76 días, en dónde en cada uno de ellos, he necesitado el mar, la vida sobre él, en dónde extraño la libertad que da el viento, la sensación de autenticidad que te puedes permitir, cuando el qué dirán deja de ser un problema, y donde he extrañado también ciertos momentos, en los que tal vez no fui una buena hija, ni un modelo a seguir, ni un prospecto ejemplificante de ser humano, pero momentos en los que ante todo fui yo misma...

Cuando aquel reloj digital, marcaba las 00:00.

Imagen: Edvard Munch: El grito.